A veces, algunas veces, se preguntó si respirar merecía la pena. Eso le ocurrió durante algunos meses que ya quedaron atrás. Ahora, cuando por la mañana mete los pies en las zapatillas más feas del mundo, respira hondo, apoya la manos en las rodillas, mira la última pava de cenicero, enciende la radio y se pone todo lo erguido que es capaz. Como si el uniforme fuera su cuerpo desnudo, que luego cubre con lo primero que coge del armario. Pensando cada mañana que algún día tendrá que aprender a combinar los colores, y que ya es mayorcito para aplicar supersticiones a algunas prendas que cuelgan en su armario donde se mezcla la ropa de invierno y de verano.